Hannah Arendt, la filósofa de la política


Los Fusilamientos del 3 de Mayo, Goya
     ¿Qué sentido tiene todavía la política? Hacernos esta pregunta hoy día cuando nos paramos a pensar en política es inevitable. Desde la época de Lenin, una época de guerra y revoluciones a nuestro siglo podemos observar como los acontecimiento políticos se han convertido en el factor básico del destino personal de todos los hombres,  un destino que como podemos apreciar ha sido según Hannah Arendt una desgracia, puesto que las guerras, por un lado, han sido y son enormes catástrofes que pueden transformar en palabras literales de nuestra autora “el mundo en un desierto y la tierra en materia sin vida”. Y las revoluciones, por otro lado, ya que lo único que hacen en vez de acabar con la desgracia, es acelerar su ritmo.
            
      Tanto las guerras como las revoluciones, según nuestra pensadora, son importantes porque reflejan las experiencias fundamentales de nuestro siglo y ambas tienen en común la violencia. Hay que tenerlas en cuenta puesto que si no es así es como si no se hubiera vivido en absoluto en nuestro mundo, a través de ellas podemos ser conscientes de las experiencias fundamentales de la época, de las ideas, creencias sociales, en definitiva, podemos entender el porqué de muchos hechos. Esto es muy importante, según Hannah porque si ambas son las experiencias fundamentales de nuestro tiempo, entonces nos movemos esencialmente en el terreno de la violencia, de ahí el que tengamos la tendencia de equiparar la acción política con la acción violenta. Esta equiparación nos lleva a dos conclusiones: que por un lado hoy día acabemos concluyendo que la acción política no tiene sentido, y que por otro lado, consideremos a la violencia como un pilar fundamental en la historia de todos los pueblos de la humanidad. Según nuestra autora la acción violenta necesita de medios materiales, incorpora al contacto entre los hombres instrumentos que sirven para coaccionar o matar y estos instrumentos tienen un fin. Por ello dice nuestra autora que al margen de los fines para los que la violencia fue empleada, el único sentido que una acción tiene es el inmenso poder que tiene la coacción en el trato de los hombres.

     Pues bien, también Arendt señala que no debemos confundir los fines con las metas, es decir, los fines son las metas, que es lo que la acción política siempre persigue. Las metas, son como líneas de orientación y directrices que como tales varían constantemente. Solo cuando la violencia interfiere, las metas de una política se convierten en fines inmutables. También señala que aunque una acción política no violenta no alcance sus metas no se puede decir que no tenga ningún fin o ningún sentido.
            
        En conclusión, para nuestra autora es esencial que el fin justifique los medios necesarios para conseguirlo también es esencial que las metas delimiten tanto los fines como los medios, protegiendo de esa manera a la acción del peligro inherente a ella de la desmesura.
            
       Cuando involuntariamente nos persuadimos de la falta de fines y metas de la acción, es cuando estamos dispuestos a cuestionarnos el sentido de la política en general.
            
         La pregunta por los principios de la acción ya no alienta nuestro pensamiento sobre la política desde que la cuestión por las formas de gobierno y por la mejor forma de convivencia humana ha caído en el silencio.
            
        La pregunta por el sentido de la política, no se ha tomado apenas en serio desde la antigüedad clásica. Aunque el fin sea la libertad, el sentido encerrado en la acción misma es la coacción violenta. La meta es lo único que puede eliminar o al menos suavizar este conflicto mortal entre sentido y fin inherente tanto a las guerras como a las revoluciones. La meta de toda violencia es la paz, la meta no el fin. En el caso de la guerra, la función de la meta es poner limitaciones a la violencia. Y por último, vivimos en una paz que no permite que suceda nada que haga imposible una guerra.

Su mejor entrevista:








    Por último dedico este post a todas las filósofas y pensadoras que como Hannah Arendt se han preocupado por la realidad social y han luchado por los derechos humanos y la igualdad de la mujer.  También se lo quiero dedicar a todos aquellos y aquellas que se dedican a la política porque realmente se preocupan por el bienestar social y luchan por la mejora, cosa que hoy día nos hace falta a la sociedad. La mayoría de ellos olvidan que están ahí para resolver problemas, no para generarlos. 

    Quiero compartir con vosotros un microrrelato que presenté hace unos días a un concurso, a ver que os parece:



CONFESIÓN EN EL DESPACHO


Un café caliente, el reloj marca las ocho y como cada mañana me dirijo al despacho. El murmullo de la ciudad, el ruido de los tacones de mujeres elegantes, semáforos en rojo, coches que no cesan de pitar… cuando llego al portal una mujer con los ojos empapados de lágrimas espera mi asistencia. Al verme aparecer me dice: “necesito tu ayuda”. Mientras subo con ella en el ascensor, hago un cálculo mental del tiempo que tengo disponible, sus manos tiemblan, pienso si se tratará de algo grave o simplemente de una falta, observo su imagen desenfadada, y su impaciencia por llegar. Una vez sentados, entre las cuatro paredes, sólo ella y yo, me dice directa y sin rodeos: “he matado a mi hija”. Un difícil caso me espera: cuando se es consciente de la verdad, la dificultad de ocultarla es mucho mayor, por ello la renuncia es una tentación.


Gracias un día más, un saludo.

Leticia.





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