La vida: una carrera con meta

    
¿Qué es la vida? ¿Dónde acaba? ¿Qué es lo que le da un valor innato?... Queridos amigos y lectores, el post up de hoy es un poco triste, no podría serlo de otra manera, a pesar de nuestra juventud este fin de semana, mis amigos benaventanos, mi compañero de vida y yo, hemos despedido a un gran amigo, un gran ejemplo de esfuerzo, lucha y constancia, que durante sus 28 años de vida ha sabido aprovechar cada segundo, estudiando, haciendo deporte, sonriendo y sobre todo haciendo afortunada a la gente por el simple hecho de tenerle en su vida.  A pesar de que pocas fueron las ocasiones que pude disfrutar de su compañía, era de esa clase de personas (que pocas quedan ya) donde un segundo de conversación era suficiente para conocerle y coger confianza con él. Siempre he valorado y admirado a Alberto Lorenzana Gusano – enfermo  de Fibriosis Quística – por su forma de vivir y saborear la vida, sólo él ha sabido enseñarnos lo bello que es vivir. Por ello, a modo de consuelo - o tal vez - de alivio, o simplemente por conocer cómo se ha visto la vida y la muerte desde la filosofía, hoy os hablo un poco de ello, al fin y al cabo la filosofía nos ayuda a comprender las cosas y los hechos que el hombre no puede evitar y que está condenado a vivir, como en este caso la pérdida de un ser querido. La filosofía nos aporta la fuerza y el coraje que necesitamos para afrontar la vida, y gracias a ella las cosas resultan un poco más sencillas, porque al menos nos prepara para ello o tal vez coopera para que podamos entenderlas un poquito mejor.  

          Resulta curioso cómo la filosofía, desde sus orígenes griegos y en su desarrollo histórico, ha pensado la realidad de la muerte, la finitud humana, la posibilidad o no de una vida inmortal. El pensamiento, a lo largo de los siglos, ha afirmado el sentido o el sinsentido de nuestra existencia, contemplando de fondo la realidad humana de la muerte. Todos los pensadores, en algún momento de su obra, han entrado, desde sus respectivos presupuestos, en la interpretación del hecho metafísico y antropológico de la muerte. Muchos de ellos han resaltado el impacto de la muerte en la vida moral:

            Por un lado, para Platón, la filosofía consistiría en una preparación para la muerte. Nuestro comportamiento en esta vida influye en la forma de existir del alma en la “otra vida”. Por otro lado, para el cristianismo, somos seres creados por Dios, contingentes y mortales y llamados a la vida plena con Dios. Las acciones del sujeto en este mundo han de llevarse a término en un plazo temporal concedido pro Dios para que pongamos en juego nuestra libertad en orden a nuestra salvación o perdición tras la muerte. La verdadera felicidad sólo puede obtenerse atravesando la muerte, viviendo eternamente en la presencia de Dios. Para Kant, el alma humana, la conciencia moral, la voluntad libre no es del todo dependiente del espacio y del tiempo. En el transcurso de nuestra vida, cada una de nuestras acciones puede ser considerada como un fenómeno del mundo que tiene unas causas determinadas o como la manifestación de una voluntad que está sometida libremente al deber. En el existencialismo (Sartre, Heidegger), se considera la muerte parte sustancial de su reflexión. Heidegger distinguió entre la muerte como “hecho” (el fin de la vida) y como “preocupación” (el pensamiento anticipatorio de la propia muerte). A través de la angustia podemos anticipar nuestra propia muerte. Es la suprema posibilidad que queda interiorizada y llega a ser por esto un acto libre. Sartre se opone frontalmente a la concepción heideggeriana. Considera que la muerte no puede ninguna posibilidad mía, la realidad de la muerte anula todas mis posibilidades y proyectos. La muerte es un puro hecho azaroso, contingente, extraño a mí y que no puedo interiorizar nunca. La muerte quita todo sentido a la existencia humana.


      Como española, estudiante de la Universidad de Salamanca, murciana y castellanaleonesa afincada, os voy a hablar sobre cómo Miguel de Unamuno trata el tema de la muerte. En su obra Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, expresa su preocupación existencial por el problema de la muerte y el anhelo de inmortalidad. Unamuno se pregunta por qué y para qué la filosofía del hombre, cuál es el propósito de la creación filosófica y a qué responde ese afán de dar a conocer a los demás los pensamientos propios. No acepta la idea de que la filosofía busque desinteresadamente la verdad, ni que con ella se pretenda orientar la conducta de los hombres y su relación con el mundo. Para Unamuno, en la base de la filosofía, está el ansia de vivir eternamente. El hombre piensa para soportar la vida, para resignarse a ella o para buscarle algún sentido o finalidad. Unamuno es consciente de que su filosofía y su ética brota de su anhelo de vivir. La prueba más fuerte de la creencia en la inmortalidad la encuentra Unamuno en nuestra conducta moral, en nuestra vida práctica. Así, enuncia su propio imperativo categórico:

“Obra de tal modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir. O tal vez así: obra como si hubieses de morirte mañana, pero para sobrevivir y eternizarte.”

          Este imperativo puede servir de criterio para medir la moralidad de las acciones de los hombres. Unamuno está muy interesado en resaltar las consecuencias prácticas que puede arrastrar la toma de conciencia de la cercana muerte y su contraste con el inevitable anhelo de seguir viviendo. Los móviles para el cumplimiento del imperativo categórico de Unamuno serían la pasión y el sentimiento.

         El hombre como persona, según Unamuno, se concibe a sí mismo como un ser que quiere vivir eternamente, un ser que experimenta el dolor y la congoja como sentimientos trágicos de la vida. Para Unamuno, la dignidad humana tiene como base el que el hombre está llamado a la eternidad. Para Unamuno, el hombre sólo puede ser verdaderamente tratado como un fin en sí mismo si su fin último es la felicidad eterna y, de esta forma, la muerte sería la legitimación última del desprecio absoluto a cualquier hombre. Además, la inmortalidad personal sería un punto clave en la dignidad personal. Para Unamuno, la moral se funda en una duda de pasión, que corresponde al conflicto entre la razón y el sentimiento que caracteriza todo pensamiento ético. La moral de Unamuno se desenvuelve en las dudas propias de la lucha vital.


              También os quiero hablar de Zubiri, porque nuestro amigo Alberto Lorenzana era un claro ejemplo del hombre que Zubiri describe, ya que en tan sólo 28 años supo cumplir todas las dimensiones que este pensador le atribuía a la vida. Para Zubiri, lo característico del hombre es realizarse como persona, tener que elaborar su personalidad en la vida. El hombre tiene que hacerse entre las cosas y con las cosas, de donde le vienen estímulos y posibilidades para vivir. Zubiri atribuye al hombre como realidad personal diversas dimensiones: en primer lugar es el agente de sus actos, en segundo lugar es su autor (opta no sólo entre la realización de unos u otros actos sino sobre todo por una o por otra manera de ser) y en tercer lugar es el actor de su vida (por sus circunstancias históricas, sociales y geográficas a cada hombre le toca un determinado papel en la vida, lo cual le impide ser completamente dueño de ella). El hombre no sólo ejecuta unos actos, sino que sobre todo se los apropia. A lo largo de la vida vamos formando nuestra personalidad en todas las dimensiones, y especialmente en la dimensión moral, esta tarea ineludible sólo acaba con la muerte. El hombre no es responsable sólo de sus actos en lo que tienen de acto, sino que es responsable de la figura con que ese acto ha configurado la forma de su felicidad. Así, en cada uno de los actos y de las situaciones que el hombre se apropia, está en juego la felicidad entera. En el momento de la muerte, el hombre ya no puede apropiarse de nada más.

         Para Zubiri, la muerte conlleva al menos dos dimensiones. Como hecho natural es una cesación del vivir, una descomposición del viviente. Pero la muerte es además algo que pertenece a la estructura del emplazamiento que caracteriza al viviente humano. La muerte es aquel acto que positivamente lanza al hombre desde la provisionalidad a lo definitivo. El hombre va definiéndose a sí mismo en cada una de las situaciones de la vida, en medio de las cosas y con las demás personas. Una de las preguntas que Zubiri cree que se hace el hombre sobre sí mismo es “¿qué va a ser de mí?”, la realidad de la muerte nos concreta lo que ha sido ya definitivamente de cada uno de nosotros, y tu Alberto has sido definitivamente lo más grande que llegaremos a conocer todos aquellos que te conocimos.

              Aún así, pienso que a pesar de la ayuda de la filosofía, nunca vamos a estar preparados para una pérdida de un ser querido. Espero que esta entrada os haya ayudado un poquito a ver la vida y su fin de otra manera, aunque sea un poco más filosófica y llevadera, con ello me conformo. 


Gracias Alberto por saber hacer felices a todas las personas que tuvieron la grata suerte de conocerte, como bien diría Julian Marías “la felicidad depende sobre todo de unas personas insustituibles”, y tú eres un gran ejemplo de ello. Nunca olvidaremos tu sonrisa y tus ganas de luchar, siempre vas a ser nuestra fuente principal, nos has enseñado que la vida es una carrera que merece la pena correr y que la meta forma parte de ella. 
Campeón, nunca te olvidaremos, y por favor, allí donde estés se feliz como lo has sido con nosotros. 
Te queremos, tus amigos.

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