David Hume y el Principio de Causalidad





     El post up de hoy trata de un pensador que me fascina, David Hume, a través del mismo trataré un tema que todos alguna vez nos hemos preguntado: ¿todo lo que sucede en nuestra vida y entorno tiene su causa de ser? Veamos qué es lo que defendió nuestro pensador a través de su teoría del Principio de la Causalidad. 

      Hume llega a asegurar que la relación causa – efecto es el cemento mismo del mundo, o sea, el único modo en que se vinculan unos con los otros los hechos. Una consecuencia de esta tesis es la de que todos nuestros razonamientos sobre los hechos y todas nuestras investigaciones en este terreno están basadas en las ideas de causa y efecto; lo que es lo mismo, en el principio de causalidad, que justamente afirma que todo hecho tiene por causa otro y otros hechos y por efecto otro y otros hechos. En efecto, cualquier ley de la naturaleza es, en realidad, una especificación o particularización del principio de causalidad. Cuando conocemos una de tales leyes, lo que sabemos es que los hechos de cierto tipo son causas o efectos de los hechos de cierto otro tipo.


[1]“Todos nuestros razonamientos acerca de cuestiones de hecho parecen fundarse en la relación de causa y efecto. Tan solo por medio de esta relación podemos ir más allá de la evidencia de nuestra memoria y sentidos.”


No solo es la ciencia empírica la que está fundada en el principio de causalidad; lo está también nuestra vida a cada momento. En todo instante vivimos sobre la base de innumerables expectativas de las que apenas somos conscientes, de tan acostumbrados a ellas como estamos ya.  No seguiríamos sentados tranquilamente en nuestra silla si no esperáramos que mantuviera su resistencia a nuestro peso, como hasta ahora, también en los próximos minutos. Cada vez que aventuramos un paso, suponemos que el suelo no se va a hundir bajo el pie. Si comemos es porque, por ejemplo,  creemos que la cosa que realmente mordemos realmente es pan y se va a comportar en el interior de nuestro organismo como siempre suele hacerlo el pan. Naturalmente, la silla podría estar carcomida, el suelo podría ceder a un terremoto súbito y el pan podría ser una masa envenenada con apariencia de pan. Toda predicción – consciente o inconsciente, científica o propia de la vida cotidiana – se funda en un razonamiento acerca de cuestiones de hecho, y este razonamiento depende por entero de la fe en el principio de causalidad, sin el cual no habríamos llegado a saber las regularidades en la conducta de las cosas que nos permiten la confianza en ellas.




[1] David Hume, Investigación sobre el conocimiento humano.




De este modo, Hume creyó tener la demostración de que el principio de causalidad es estrictamente irracional. Como es lógico, no dejó de sacar las consecuencias escépticas y agnósticas que corresponden y también, como es lógico, este punto capital es el que más interesa al propio Hume de toda su filosofía y el que hace el núcleo de su pensamiento desde la juventud. Veamos el desarrollo del argumento:


· La idea de causa carece de la impresión correspondiente


Empezaré analizando qué pensamos de algo cuando decimos que es una causa. Creemos, entonces, que este algo ha existido inmediatamente antes que su efecto; ha entrado en contacto directo en el espacio con este y le ha transmitido su poder, o sea, ha pasado eficazmente su propia fuerza, en algún sentido, al efecto. También creemos que esto no ha ocurrido casualmente, sino que es necesario que, si las circunstancias se repiten, la misma clase de causa produzca siempre la misma clase de efecto. Esta es, pues, la idea de causa que todas manejamos en la vida diaria y en las ciencias, ¿cuál es la impresión que la respalda?.

Si buscamos en las impresiones de la sensación externa, a pesar de la primera apariencia, resultará que allí no hallaremos el origen empírico de la idea de causa. Un ejemplo particularmente favorable es el choque de dos bolas de billar: el movimiento de la que hemos impulsado causa, según nos parece, el movimiento de la bola con la que la primera choca. Solo jugamos al billar porque estamos seguros de que un movimiento va a causar en cierta forma bien conocida el otro, del que se seguirá la carambola que intentamos. Siempre que dos bolas chocan en la mesa de billar, la que estaba antes quieta se desplaza. Pues bien, Hume señala que lo único que realmente dice la experiencia es que se va a una bola moverse y, después del contacto, se ve a la otra bola moverse, pero de ningún modo se va también la transmisión de poder de movimiento. También es verdad que la conexión entre una experiencia y otra (una visión y otra) es constante; pero, ¿es necesaria? Enseguida comprobaremos que no.

Si pasamos de la sensación a la reflexión, no tenemos que salir del ejemplo para resolver la cuestión. Nosotros queremos impulsar la bola con el taco exactamente con una fuerza y una dirección determinadas, y nada más quererlo, vemos que el brazo se mueve, impulsa el taco y conseguimos, mejor o peor, lo que nos proponíamos. Pero nos sucede los mismo que en la sensación: asistimos a la sucesión de una serie de hechos, que parece que constantemente se dan en una forma particular, pero no asistimos a la transmisión de la potencia desde nuestra voluntad a nuestro brazo; por lo tanto, es dudoso que la conjunción de los hechos observados sea necesaria.

Hasta aquí, el resultado es que no encontramos en la sensación ni en la reflexión la impresión correspondiente a la idea de causa, aunque hemos analizado un caso que parecía ofrecer un carísimo ejemplo de causación, según creemos en la vida diaria.


·      Las relaciones causales no son relaciones de ideas

Preguntémonos ahora que clase de verdad es la que tienen las relaciones causales en las que se basan nuestras expectativas. ¿Son relaciones de ideas o son cuestiones de hecho?

      En nuestro ejemplo del billar, esta segunda parte de nuestra investigación se traduce así: ¿cómo sabemos qué efecto tendrá el movimiento de la bola impulsada por el taco? La respuesta es que el movimiento que producirá en la bola hasta ahora quieta sabemos por experiencia cuál es, no a priori. La comprobación la podemos realizar remontándonos a otro ejemplo más iluminador todavía. Pongamos que sujeto no somos nosotros, hombres mediocres, sino el mismísimo Adán antes del pecado original. Adán en el paraíso era perfectamente inteligente e inocente, solo que carecía al principio de toda experiencia. Imaginemos que no es incompatible con el Paraíso la existencia en él de fuego. Adán está ahora por primera vez delante de esta realidad maravillosa: ¿puede saber qué efecto se producirá si toca el fuego? Es decir, ¿puede Adán deducir, del mero análisis de la idea de fuego, los efectos que tiene el fuego? En absoluto, ya que tendrá que valerse de la experiencia, por más inteligente y bueno que sea. Así también nosotros, aunque ahora, nada más ver el fuego, pensemos que deducimos, como si se tratara de una consecuencia necesaria, que fuego quema.


·      Las relaciones causales se conocen mediante la inducción

Fijémonos más en cómo aprendió Adán esta verdad de hecho. Mirando la llama, su extraordinaria inteligencia pudo, vamos a concederlo, concebir todos los sucesos que era posible que ocurrieran a continuación, cuando él extendiera la mano a tocarla. Todos estos hechos en los que Adán pensaban eran todos, justamente, meros hechos: podían ocurrir o podía ocurrir su contrario, y no había medio de excluir a priori una cosa ni la otra. Cuando Adán se quemó por primera vez, en realidad ocurrieron simultáneamente muchísimos hechos: tuvo cierta sensación en el pie que apoyaba más fuertemente en el suelo, vio saltar un pájaro de una rama vecina, salió en solo detrás de la nube...¿ cuál de estos hechos era el efecto del fuego? Adán no podía saberlo aún, precisamente porque no sentía como se transmite el poder de fuego a su cuerpo. Hay que repetir, por duro que sea, la quemadura una serie de veces, comprobar que van desapareciendo hechos que se dieron al principio junto con ella (en la segunda quemadura, el sol ya no sale detrás de una nube, etc.)... Se trata de una inducción, en definitiva, que está sometida a reglas como las que Bacon pretendió recoger en sus tablas de presencia, de ausencia y de grados.


Al final, lo que obtenemos es esto: un hombre sostiene que un tipo de hechos es la causa de otro tipo de hechos cuando ha repetido suficiente número de veces la experiencia de que a un hecho de la primera clase le sigue inmediatamente un hecho de la segunda clase ( y sólo él), y siempre que no haya observado ni una vez siquiera que la conjunción de hechos no se daba. El principio de la inducción es, justamente, la regla que afirma que un razonamiento que sigue esta pauta es correcto.


·      La homogeneidad del futuro con el pasado

Pero hemos omitido, señala ahora Hume agudamente, una premisa en nuestro argumento. Cuando llevamos a cabo una inducción, pasamos de un número suficiente de experiencias a la totalidad de ellas que es posible. Cuando terminamos por descubrir la modesta ley causal que dice que el fuego quema, estamos seguros de que lo será mañana y lo será dentro de treinta siglos. Esto quiere decir que extendemos el ámbito en el que suponemos la validez de una ley empírica a todo el pasado y todo el futuro. Es posible que obremos así a menos que incluyamos una premisa en el argumento que diga: en el futuro las leyes de la naturaleza van a mantenerse como son hoy. De este modo, la inducción por la que conseguimos cualquier conocimiento sobre causas y efectos contiene en realidad tres tipos de premisas:

-  La multitud de hechos registrados (lo que se llamará un día protocolos observacionales o experimentales).

-   El registro de que no hubo ningún contraejemplo.


-  El enunciado que afirma la homogeneidad del futuro con el presente y con el pasado. Sin esta última premisa, ninguna inducción funciona y ninguna relación causal se puede conocer.


Y ahora, por fin: ¿qué valor racional posee tal enunciado imprescindible? ¿Es una relación de ideas? Hume responde absolutamente que no (aunque Espinosa hubiera respondido lo contrario). Hume está de acuerdo con Descartes y con Berkeley: el pasado y el presente no garantizan necesariamente el futuro. El nominalismo radical de los fenómenos Berkeley y Hume, además, no pude decir otra cosa. Cuando no hay esencias, solo la voluntad de Dios o el azar pueden comportar la homogeneidad del comportamiento de las cosas en el futuro respecto del que han tenido en el pasado. Es, pues, una cuestión de hecho que el futuro será como fue el pasado y es el presente. ¿ Cómo conocemos esta cuestión de hecho? ¿Tenemos impresión de este hecho? Evidentemente, no. No hay impresión de lo futuro. No vale decir que hemos visto ya muchas veces al futuro ser homogéneo con el pasado. No estamos hablando del futuro que se ha vuelto pasado y hemos dice Russell comentando a Hume – ,el futuro en el que nadie ha estado.

Así que, si no tenemos impresión del futuro futuro, ni podemos conocer a priori, solo nos queda el recurso de investigarlo como las restantes cuestiones de hecho se investigan: argumentando inductivamente, valiéndose del principio de causalidad. Pero esto es cometer un monumental circulo lógico. ¡ Precisamente hemos comprobado al detalle que todos los argumentos inductivos se basan en la premisa de la homogeneidad del futuro con el pasado! Ninguno de ellos, pues, puede fundamentarla. La única respuesta que aún nos queda es afirmar que esta tesis, sin la cual no hay vida humana posible ni hay ciencia empírica posible, es estrictamente ajena a la razón, es irracional. La razón, cuando no se dedica a modestas y triviales tareas de lógica y matemática (análisis de ideas, relaciones aprióricas de ideas), sino a pensar el mundo contingente y a servir de sostén para la vida humana, está basada siempre en un enunciado irracional, al que se presta fe.


·      La creencia en la causalidad reposa en el hábito

¿Qué clase exacta de la fe irracional es la que soporta el edificio entero de las ciencias, incluidos, por cierto, Galileo y Newton? Desde luego, es una fe de fuente pragmática: la necesitamos para vivir, y por eso nos la forjamos. Pero su apariencia de racionalidad, que ha podido engañar a los hombres durante milenios, está oculta en aquel rasgo tan característico de la naturaleza humana que es el hábito, en definitiva, un tipo de asociación de las ideas. Cuando nos hemos quemado muchas veces con el fuego, no esperamos a seguir pensando. La vida pone un saludable límite a la razón. Guiados solo por la cual seguramente perderíamos abrasada la mano. Tan habituados estamos a esperar este segundo hecho que es la quemadura, que ya nada más ver el fuego, pasamos a estar seguros de lo que nos ocurrirá si nos acercamos demasiado. La apariencia es que hemos llegado al conocimiento de la esencia del fuego y sus potencias, cuando la verdad es solo que nuestro pragmático habito dispara, por efecto de la asociación, en cuanto tenemos la primera impresión, la fe en la segunda idea (en cuanto vemos fuego, la creencia en que nos quemaremos).

Nada es de suyo causa ni efecto de nada, por lo menos, que nosotros sepamos a ciencia cierta. Pero es utilísimo para sobrevivir, para adaptarnos al medio hostil del mundo, forjar en el entendimiento estas dos ideas de causa y efecto y valernos de ellas como he mostrado detalladamente.


Queda algo muy importante por añadir. Toda creencia se basa en una de las asociaciones habituales de ideas: toda creencia es expectativa de un efecto – expectativa, pues, en última instancia, irracional – a la vista de un hecho que inmediatamente interpretamos como su causa. No tenemos impresión de causalidad, como decíamos al principio de estos análisis, pero sí hay una experiencia próxima, que es la que justifica hasta cierto punto que poseamos las ideas oscuras de “fuerza” o potencia y, por lo mismo, de eficacia causal. Esta experiencia es la que se da, por ejemplo, cuando vemos que alguien acerca a nuestra piel un fuego y sentimos entonces, aunque no quisiésemos, la creencia en que va a existir el dolor de quemarnos. He ahí lo que más puede parecerse a la impresión de poder sin llegar a serlo.

Por último, me despido con unas pinceladas sobre la biografía de David Hume por Fernando Savater, por cierto con este filósofo guardo una cosa en común, además de la pasión por la filosofía, ambos estudiamos derecho, será ¿causalidad? jejeje, en fin, si os gustaría saber algún dato más relevante sobre Hume os aconsejo ver el siguiente video:








¡Comenzamos el año lectores! 
Os deseo un año repleto de grandes y maravillosos momentos, 
de éxitos y, sobre todo, de felicidad. 
Por un 2017 de sueños y objetivos cumplidos.
Con todo mi amor y cariño, un fuerte abrazo, Leticia.







"La belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla"

- David Hume - 





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