Los valores de la vida

"Los amantes" de René Magritte (1928)
  



"Encuentra gente que comparta tus valores, y conquistaréis juntos el mundo"

- John Ratzenberger -




    ¿Pensabais que me había olvidado de vosotros? ¡Imposible! Una nunca se olvida de aquellas cosas que le aportan felicidad, en mi caso, escribir mis pequeñas inquietudes filosóficas en este blog. 

       Hoy me gustaría reflexionar sobre un tema que hace unos días me lleva rondando por la cabeza, ¿habéis pensado alguna vez sobre el valor de las cosas de la vida? Evidentemente podríamos decir que el valor de algunas cosas depende de cada persona, de contrario, podríamos afirmar que hay cosas que de manera objetiva e imparcial merecen el valor que le otorga la Humanidad. Lo cierto es que, el concepto "valor" es un concepto propiamente económico, donde nadie se atrevería a debatir, por ejemplo, que 500 euros tienen más valor que 5 euros. Sin embargo, si aplicamos el concepto "valor" en la ética, entramos en arenas movedizas puesto que no es tan sencillo precisar su significado. 

     Los valores de por sí podrían ser definidos como cualidades que poseen las cosas en su relación con el ser humano. Por tanto, los valores son cualidades y no cosas, en concreto, cualidades de las cosas. Uno de mis pensadores favoritos, José Ortega y Gasset, en su libro Introducción a una estimativa, escribe: "[…] Las cosas tienen o no tienen valor, tienen valores positivos o negativos, superiores o inferiores, de esta clase o de la otra. El valor no es, pues, nunca una cosa, sino que es `tenido´ por ella." Por ende, tal y como señala Ortega y Gasset, los valores sólo pueden ser sentidos o, mejor dicho, estimados o desestimados, puesto que no pueden ser vistos por los ojos, como los objetos, ni tampoco pueden ser entendidos, como las ciencias. 

         Por consiguiente, por un lado, podemos decir que los valores son subjetivos, en el sentido de que únicamente existen gracias a su relación con las personas, ya que es el ser humano el que dota y capta el valor de las cosas. Por otro lado, también podemos afirmar que los valores son objetivos, en el sentido de que no los podemos reducir a lo que la humanidad sienta o piense en un determinado contexto histórico, sino que los valores propiamente son cualidades que pertenecen a la realidad. 

            En concreto, podemos clasificar los valores en primer lugar en valores útiles, que son aquellas cualidades que tienen determinados objetos y que satisfacen necesidades prácticas del ser humano, como por ejemplo, un coche, unas tijeras... que dejan de ser útiles cuando carecen de la cualidad que satisface la necesidad práctica de la sociedad, así por ejemplo, un coche no tendrá valor alguno si no tiene gasolina o está averiado. En segundo lugar, se encuentran los valores placenteros, que son cualidades que poseen determinadas realidades y que hacen que algunos seres humanos disfruten, como podría ser una tarta de frambuesa o un helado, en este caso, nos encontramos ante cosas que poseen unas terminadas cualidades - en el caso del ejemplo, sabores - capaces de producir placer en algunas personas. En tercer lugar, están los valores estéticos, que son cualidades que tienen algunas realidades produciendo una determinada emoción en las personas, lo que en filosofía se denomina estética. Y, por último, se encuentran los valores morales, que son las cualidades propias de las relaciones entre los seres humanos y las relaciones que tiene los seres humanos con el medio en el que se desarrollan, siendo consideradas por esos seres humanos como las cualidades más adecuadas, convenientes, y que, en consecuencia, hacen preferibles unos comportamientos antes que otros. Algunos valores morales más importantes son la sinceridad, la igualdad, conservación de la naturaleza, lealtad, honradez... 

          Así pues, los valores morales se convierten en guías de conducta que nos indican ante varias posibilidades de actuación cuál es la más valiosa, la que más conviene y, por tanto, aquella por la que debemos optar. Por ello es importante, que la sociedad esté educada en valores morales, porque siempre será una sociedad más valiosa aquella cuyos ciudadanos opten por la sinceridad en vez de por la mentira, por la igualdad en vez de por la desigualdad, por la conservación del medio ambiente en vez de por el deterioro de la naturaleza, por el respeto de a las personas en vez del maltrato humano y, así un sin fin de ejemplos que podría señalar. 

      ¿Os cuento un secreto? A veces cuando entrego mi confianza a una persona, para estar segura cuáles son de verdad sus valores morales - cosa a la que doy mucha importancia - lo que hago es analizar su vida, sus elecciones más frecuentes y, a través de su conducta observo y aprecio si su comportamiento está de acuerdo con ese valor. Eso lo hago, porque hay personas que cuando hablan, dicen que tienen unos valores morales y, sin embargo, su comportamiento habitual es totalmente contrario a éstos. Me alegro mucho cuando los hechos coinciden con sus palabras y, sobre todo con mi intuición. Sin embargo, otras veces el resultado no es así, en ese caso, esas personas no son sinceras ni consigo mismas ni con los demás. Los auténticos valores morales de una persona son los que se traducen en su vida práctica en un comportamiento continuo, habitual, puesto que los actos aislados no definen la personalidad moral de una persona, así pues, si una persona dice la verdad un día, no significa que sea sincera, si respeta un día el medio ambiente y después tiene un choche que contamina el triple que los demás, no significa que sea respetuosa con la naturaleza.



Hasta aquí la entrada de hoy, espero que os haya gustado, ya os digo que yo he disfrutado muchísimo escribiéndola. Disfrutad de la tarde de domingo como se merece. Muchísimas gracias una vez más por visitar mi blog. 
Con todo mi cariño y amor, Leticia.




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