Los pensadores del franquismo (algunos datos curiosos)


        Al término de la guerra, el bando vencedor estableció un dominio absoluto y total sobre la vida educativa e intelectual del país. La inmensa mayoría de los intelectuales, científicos y profesores se habían exiliado o fueron depurados. Todo el sistema educativo quedó inmerso en un en un ambiente de censura, vigilancia y adoctrinamiento, sumido en la ideología mitad fascista católica que convirtió a la España de los años cuarenta y cincuenta en una auténtico páramo cultural. Los libros de texto se llenaron de referencias del Caudillo, a la victoria, al pasado imperial del país y a la exaltación de los valores católicos más reaccionarios. Cualquier planteamiento crítico quedaba excluido, y el racionalismo, el liberalismo y el marxismo quedaban completamente proscritos y presentados como “antiespañoles”.
           
            En esa primera etapa, sólo quienes comulgan con el régimen pueden desarrollar su trabajo intelectual. Entre ellos sobresalen, José María Pemán, Agustín de Foxá, Eugenio d´Ors, Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar o Pedro Laín Entralgo, curiosamente, estos tres últimos acabarían distanciándose de su inicial falangismo y pasando a la oposición política años después. Además, tras volver a España continuaron su labor escritores de generaciones anteriores, como Ortega y Gasset, Azorín o Pío Baroja, si bien desde posiciones alejadas de la identificación ideológica con el régimen franquista.  Institucionalmente, además del control ideológico en el sistema educativo implantado por el ministro Ibáñez Martin, merecen mención la creación en 1939 del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con el fin declarado de encauzar la labor investigadora por vías concordantes con la doctrina eclesiástica y el tradicionalismo español; del Instituto de Estudios Políticos (1939), de la Editora Nacional y de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas (1942), concebidas todas en la misma línea de puesta al servicio del Movimiento. El noticiario oficial NODO controlaba la información en los cines, sobre cuyas proyecciones, como sobre el teatro, recayó una estricta censura. La España de los cuarenta está presidida por películas como Raza (1942, con guíen del propio Franco), Los últimos de Filipinas (1945) o Sin novedad en el Alcázar, así como numerosos filmes dedicados a exaltar la historia imperial. 

         En ese contexto, apenas algunos autores eran capaces de mantener algún atisbo de independencia o de sentido crítico, añadidos a su calidad literaria, en el caso de Dámaso Alonso (1898-1990) o del joven Camilo José Cela (1916-2002). Al finalizar la década aparecerán obras más comprometidas como La Colmena, del propio Cela, y la Historia de una escalera, obra teatral que sirvió en 1949 para dar a conocer a Antonio Buero Vallejo. Los años cincuenta trajeron cambios significativos. Por un lado, le discurso ideológico del franquismo comenzó a mostrarse desbordado por la propia evolución de las mentalidades, y prueba de ello es la caída de las ventas en una prensa que repetía monolíticamente los mensajes del pasado. Por otro, una nueva generación poblaba las Universidades, una generación que no había vivido la guerra. La liberalización del periodo en el que fue ministro de Educación Ruiz Giménez permitió un cierto despertar cultural en los círculos universitarios. Ya vimos cómo el retorno de Ortega, el acceso al rectorado de Laín Entralgo o Antonio Tovar, la aparición de nuevos catedráticos, críticos con la dictadura, dejaron notar sus efectos en la vida académica y prepararon el estallido estudiantil de 1956. A partir de ese momento, la intelectualidad española se separará abiertamente del régimen, y pasará a encabezar las movilizaciones de los años sesenta y setenta. La novela española se abre a nuevos nombres como Rafael Sánchez Ferlosio, Miguel Delibes, Ana María Matute, Ignacio Aledecoa, Carmen Martín Gaite, Gonzalo Torrente Ballester o Luis Martín Santos, cuya obra Tiempo de silencio supuso un aldabonazo critico considerable.
           
            En la poesía destacaban Gabriel Celaya, Blas de Otero y Salvador Espriu. En el teatro, Buero Vallejo se une ahora Alonso Sastre. También en los años cincuenta se produce un cambio notable en el pensamiento. En el terreno de la filosofía, apuntan las figuras de Julián Marías, Xavier Zubiri, María Zambrano, José Ferrater Mora, José Luis López Aranguren o Manuel Sacristán. En el campo de la historia se encuentra especialmente a Jaume Vicens Vives, auténtico renovador de la investigación en historia económica y social.

         La etapa final del franquismo, que es donde situamos por ejemplo el texto de Antropología Metafísica de Julián Marías, se caracteriza por la ruptura total entre el ámbito de la cultura y el régimen. La liberación relativa de la Ley de prensa de 1966 permitió una oleada de publicaciones que la censura no podía controlar en su totalidad, y aunque se continuó prohibiendo libros, y suspendiendo y sancionando periódicos, lo cierto es que la información llegaba a raudales a los medios universitarios, al tiempo que la educación sobre los valores tradicionales empezaba a hacer agua en una escuela cada vez más masificada y en una sociedad cuya apertura ideológica iba muy por delante de la anquilosada mentalidad de los censores franquistas. Pese al celo de estos, un cine contestatarios, plagado de claves críticas, se impuso en los años finales de la dictadura, con hombres como Carlos Saura, Basilio Martín Patino o Juan Luis Borau, que se unían a los ya veteranos Bardem o Berlanga. En conjunto, la cultura tardo franquista era ya abiertamente democrática.  

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